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Antecedentes. La leyenda de Santa Elena

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“Sólo la Verdad nos hará libres”

Santa Elena

Elena fue la madre del emperador Constantino el Grande. Nació en Bitinia en el año 247 y murió en Roma en el año 329. Hija de un posadero contrajo matrimonio con un oficial llamado Constancio Cloro, a quien el emperador Diocleciano elevó a la dignidad de césar en el año 292. La historia se desarrolló así: como el Imperio romano había llegado a ser tan vasto, Diocleciano se estableció en Nicomedia para gobernar la zona oriental y Maximiano gobernar desde Roma la occidental. Cada uno de ellos nombró una especie de secretario particular con poderes de césar, con lo que el Imperio se convirtió momentáneamente en una tetrarquía. Esta es la razón del encumbramiento de Constancio Cloro, que, corrompido por el poder, repudió a Elena para enlazarse con la hija de Maximiano. Cuando Diocleciano y Maximiano abdicaron en el año 305, Constancio Cloro gobernó durante un año sobre la mitad occidental del imperio y designó a su hijo Constantino su sucesor. Constantino llevó con él a su madre en el año 306. Le otorgó el título de emperatriz augusta y se acuñaron en las monedas su nombre y su busto. Constantino le hizo donación de muchas ciudades, le abrió sus tesoros y la rodeó de respeto y afecto.

 

La expedición arqueológica de Santa Elena decidió peregrinar a Tierra Santa tras haber tenido un sueño en el que aparecía la Cruz de Cristo portada por ángeles. Movida por el presentimiento llegó a Jerusalén, donde una antigua tradición que corría de boca en boca decía que no habiendo tenido los discípulos de Cristo ni el valor ni los medios para llevarse con ellos el leño de la Santa Cruz, ésta había sido enterrada. Desde el momento en que santa Elena conoció la leyenda sintió el impulso de encontrar ella misma la Santa Cruz. Se inició la labor de búsqueda. Recurrió a la oración, consultó a los cristianos, hizo venir a sabios judíos, y todos convinieron unánimemente en que la cruz se hallaba en el mismo lugar en que Jesucristo había sido crucificado. Empleó a la legión romana para hacer las excavaciones. Hizo demoler el templo erigido a Venus en el Calvario y, después de haber cavado profundamente, en la montaña, descubrió el Santo Sepulcro, junto al cual se hallaban tres cruces.

 

La alegría que tuvo al efectuar el hallazgo se empañó por la imposibilidad de distinguir cuál era la Cruz de Cristo. Ante la dificultad que se planteó recurrió a la sabiduría de san Macario, obispo de Jerusalén, quien propuso llevar las tres cruces a casa de una mujer enferma de gravedad. Todo el pueblo acompañó la prueba con oraciones, y el obispo hizo que la mujer tocase cada una de las cruces; las dos primeras no produjeron ningún efecto, pero cuando la enferma tocó la tercera quedó curada de su enfermedad.

 

Mandó construir allí un templo y otro en el Monte de los Olivos. A su muerte su cuerpo fue depositado en la catacumba interduos lauros, ya célebre por la sepultura de los santos Marcelino y Pedro, y sobre la cual el emperador hizo edificar una pequeña iglesia bajo su invocación. El recuerdo de santa Elena también se venera en la basílica de la Santa Cruz en Jerusalén, que encierra una capilla dedicada a la santa, con pinturas de Pinturicchio (Bernardino di Betto di Biaggio). Su festividad se celebra el 18 de agosto.

 

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